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Volver a aprender juntos

Facilitación, comunidades de praxis y condiciones para una vida compartida


Hay una escena que se me ha repetido muchas veces a lo largo de los años. Un grupo de personas entra a una sala para conversar sobre algo que importa. Puede ser un equipo que necesita tomar una decisión difícil, una comunidad intentando imaginar su futuro, personas que buscan colaborar en un territorio o simplemente un grupo que quiere comprender mejor algo que está viviendo. Llego preparado. Hay una intención, una secuencia, preguntas pensadas con cuidado, quizá alguna práctica que en otras ocasiones ha abierto conversaciones profundas. Y, sin embargo, algo sucede de manera distinta a lo esperado. Una pregunta que en otro grupo produjo una conversación viva aquí genera silencio. Una actividad que antes permitió cercanía se siente artificial. Personas que fuera de la sesión hablan con claridad aquí parecen contenerse. O sucede lo contrario: aparece una conversación intensa, conmovedora, llena de comprensiones y compromisos, pero algunas semanas después casi nada parece haber cambiado.


Durante mucho tiempo pensé, como probablemente pensamos muchas personas que facilitamos, que una parte importante del oficio consistía en encontrar mejores herramientas. Mejores preguntas. Mejores dinámicas. Mejores maneras de explicar. Algo de eso sigue siendo cierto. Las prácticas importan y el diseño importa. Pero con los años otra pregunta empezó a ocupar cada vez más espacio en mi trabajo: ¿qué hace posible que un grupo realmente aprenda junto?


No llegué a esa pregunta tratando de construir un marco. Llegué después de muchas sesiones, conversaciones, intentos y errores. Llegué también después de encuentros difíciles de explicar, momentos en los que parecía aparecer otra calidad de atención y las personas podían acercarse a preguntas que antes habían evitado. Empecé a querer comprender qué hacía posibles esos momentos. No para reproducirlos mecánicamente, sino para aprender a reconocer aquello que parecía sostenerlos.


No tengo una respuesta definitiva. Lo que tengo es un camino de observación, práctica, investigación y revisión que ha ido modificando mi manera de comprender la facilitación.


Este artículo nace de ese camino.




Cuando las herramientas dejaron de bastar


Quienes trabajamos con grupos acumulamos herramientas con facilidad. Aprendemos metodologías de diálogo, formas de preguntar, prácticas de escucha, ejercicios corporales, maneras de organizar conversaciones, modelos para tomar decisiones y dinámicas para generar confianza o imaginar futuros. Muchas son valiosas. Algunas pueden abrir posibilidades que una conversación ordinaria difícilmente abriría. El problema aparece cuando confundimos la herramienta con aquello que esperamos que la herramienta haga posible.


Una práctica de escucha puede ser extraordinaria en un grupo y completamente insuficiente en otro. Puede funcionar un martes y sentirse artificial tres semanas después con las mismas personas. La diferencia quizá esté en el cansancio, en una decisión reciente, en quién está presente, en la relación con la autoridad, en el tiempo disponible o en algo que ocurrió antes de entrar a la sala. A veces las personas saben que pueden hablar, pero no saben qué sucederá después con lo que digan. A veces la pregunta es buena y el momento no lo es.


Poco a poco fui dejando de preguntar solamente: “¿qué dinámica puedo utilizar?” y empecé a preguntarme: “¿qué está ocurriendo realmente aquí?”.


Parece un desplazamiento pequeño. Para mí no lo fue.


La facilitación comenzó a parecerme menos un repertorio de técnicas y más una práctica de atención. Observar antes de intervenir. Distinguir lo que veo de lo que estoy interpretando. Tratar mis explicaciones como hipótesis y no como hechos. Reconocer que un silencio puede significar muchas cosas; que alguien que cuestiona una actividad no necesariamente está “resistiendo”; que un grupo que casi no habla en plenaria puede conversar de otra manera cuando cambia el formato; que una reunión aparentemente armoniosa puede estar evitando precisamente aquello que necesita ser conversado.


En las tradiciones del aprendizaje transformador aparece una intuición que ha acompañado parte de esta búsqueda: aprender profundamente puede implicar revisar los marcos desde los cuales interpretamos nuestra experiencia, especialmente cuando esos marcos dejan de explicar adecuadamente aquello que estamos viviendo.1  A mí me interesa esa posibilidad, pero también las condiciones que permiten acercarnos a ella sin decidir de antemano qué tendría que descubrir o transformar una persona.


Mientras aprendía a mirar al grupo de esta manera, tuve que reconocer algo más incómodo: yo también formaba parte de aquello que estaba tratando de observar.


Antes de leer al grupo, aprender a leernos

Imaginemos un silencio. He formulado una pregunta y nadie responde. Pasan algunos segundos. Noto una tensión en el cuerpo. Algo se acelera. Casi inmediatamente aparece una interpretación: la pregunta no funcionó, el grupo se desconectó, estoy perdiendo la sesión. Después aparece el impulso de hacer algo. Reformular. Dar un ejemplo. Explicar nuevamente. Introducir otra actividad.


Tal vez eso sea exactamente lo que el momento necesita.


Pero también puede ser que las personas simplemente estén pensando.


Con los años he aprendido a interesarme cada vez más por ese pequeño espacio entre lo que sucede en una sala, lo que sucede dentro de mí al observarlo y aquello que decido hacer a continuación. No siempre consigo reconocerlo en el momento. A veces entiendo mi reacción mucho después. Precisamente por eso lo considero una práctica.


Quien facilita nunca entra como una presencia neutral. Llegamos con un cuerpo, una historia, expectativas, cansancio, entusiasmo, preferencias y temores. Llegamos con un deseo genuino de ayudar y, a veces, con una necesidad menos visible de sentir que estamos siendo útiles. Podemos querer que la experiencia sea significativa, que el grupo avance, que la metodología que diseñamos funcione. Podemos sentirnos atraídos hacia ciertas voces y tensarnos frente a otras. Podemos temer al silencio o al conflicto. Podemos sentir que deberíamos saber qué hacer cuando todavía no comprendemos bien qué está ocurriendo.


El problema no es que aparezca todo esto.

La práctica comienza cuando podemos notarlo.


He ido comprendiendo la presencia de quien facilita como una capacidad de contacto y elección. No significa estar tranquilo todo el tiempo ni alcanzar un estado interior ideal. Significa conservar suficiente atención para percibir algo de lo que sucede afuera y algo de lo que sucede dentro de nosotros, sin convertir inmediatamente una cosa en explicación de la otra.


El cuerpo suele ofrecer una primera señal. Una tensión en el pecho, una respiración contenida, cansancio, inquietud o aceleración no nos dicen qué está pasando en el grupo. No son un diagnóstico. Pero pueden ayudarnos a reconocer una emoción; esa emoción puede permitirnos notar una interpretación, y detrás de la interpretación puede aparecer un impulso. A veces experimento algo parecido a una secuencia: sensación, emoción, interpretación, impulso, acción. No la entiendo como una fórmula universal. Me sirve para introducir un poco de espacio antes de reaccionar.


En ese espacio he aprendido también a reconocer ciertas voces internas. Está la voz del juicio: “esta persona no entiende”, “este grupo no está listo”, “esto ya lo sé”. Está la voz del cinismo: “esto siempre termina igual”, “nada va a cambiar”, “ya he visto esta historia”. Y existe otra voz que para mí ha sido especialmente importante aprender a escuchar: “tengo que hacer que esto funcione”.


Suspender esas voces no significa hacerlas desaparecer. Tampoco significa abandonar el discernimiento. La suspensión, como ha sido explorada en algunas tradiciones de diálogo, puede entenderse más modestamente como la posibilidad de observar nuestros supuestos sin obedecerlos inmediatamente.2 Consiste en reconocer que una interpretación está apareciendo sin entregarle de inmediato el gobierno de nuestra atención.

Estoy pensando esto. Todavía no sé si es así.


Para mí, una parte importante de la facilitación comienza ahí. Antes de invitar a otras personas a escuchar, necesitamos practicar la escucha. Antes de pedirles que examinen sus supuestos, necesitamos reconocer los nuestros. Antes de acompañarlas a permanecer un poco más con una pregunta que no tiene una respuesta inmediata, necesitamos observar qué hacemos nosotros cuando no sabemos qué está ocurriendo.

No porque quien facilita tenga que transformarse primero para después transformar a los demás. Esa idea no me interesa. Me interesa algo más sencillo y más exigente: reconocer que participamos en la situación que intentamos cuidar.


Las ocho ecologías: ampliar la mirada

A medida que mi atención se fue desplazando desde las herramientas hacia las condiciones, empecé a notar que muchas de las cosas que determinaban la calidad de una experiencia sucedían fuera del contenido explícito de la conversación. Podíamos practicar escucha, pero las personas llegaban exhaustas. Podíamos invitar a mirar una situación desde otra perspectiva, pero existía una historia previa de desconfianza. Podíamos hacer una pregunta importante y dar tres minutos para responderla. Podíamos construir acuerdos y descubrir después que nadie en la sala tenía autoridad para llevarlos a la práctica.


De esas observaciones fueron tomando forma las ocho ecologías humanas con las que hoy trabajamos en Imaginación Colectiva. No las considero ocho compartimentos de la experiencia ni una teoría cerrada sobre el comportamiento humano. Son, por ahora, una manera de ampliar la mirada. Ocho lentes que nos recuerdan que nuestras capacidades nunca aparecen en el vacío.


Está la ecología corporal, que pregunta por la energía, el cansancio, la activación y nuestra posibilidad real de permanecer presentes. La ecología perceptual nos recuerda que nunca vemos una situación completa: seleccionamos, interpretamos y organizamos aquello que consideramos relevante. La ecología interior dirige la atención hacia emociones, necesidades, identidades, temores e impulsos, sin asumir que todo lo que ocurre puede explicarse desde el mundo interno de las personas.


La ecología relacional observa aquello que sucede entre nosotros: confianza, reconocimiento, conflicto, historias compartidas y riesgos de hablar. La ecología espacial recuerda que una mesa, un círculo, una pantalla, un territorio o la posibilidad de retirarnos también participan en la experiencia. La ecología temporal nos obliga a mirar los ritmos: cuánto tiempo damos para pensar, qué estamos apresurando, qué necesita repetición y quién paga el costo de la urgencia. La ecología cultural hace visibles los relatos, lenguajes, símbolos y normas que delimitan aquello que parece natural o incluso aquello que puede decirse. Y la ecología de coordinación pregunta cómo una comprensión puede convertirse en acción: quién decide, qué información circula, qué recursos existen, qué responsabilidades están claras y cómo aprendemos de lo que hacemos juntos.


Lo que estas ecologías han cambiado en mi práctica es, sobre todo, la pregunta. En lugar de llegar demasiado rápido a “¿qué le pasa a esta persona?” o “¿por qué este grupo no participa?”, puedo detenerme y preguntar: “¿qué está configurando la posibilidad de participar de esta manera?”.


Alguien puede saber escuchar y encontrarse en una reunión donde cada intervención debe durar menos de un minuto. Puede tener una profunda disposición a colaborar y vivir dentro de un sistema que recompensa la competencia individual. Puede querer decir algo y saber que hacerlo tiene un costo. La capacidad personal existe, pero la posibilidad de ejercerla depende también de las relaciones y condiciones dentro de las que actuamos. Las tradiciones del aprendizaje situado llevan décadas insistiendo precisamente en esta relación entre aprender, participar y formar parte de prácticas sociales concretas.3


Ese desplazamiento ha sido importante para mí porque me ha ayudado a mirar menos rápidamente a las personas como el problema.


Necesitamos lugares donde aprender juntos

Estas preguntas adquieren para mí un significado especial en el momento que vivimos. Estamos atravesando transformaciones tecnológicas, ecológicas, laborales y culturales que modifican rápidamente la manera en que trabajamos, nos informamos, nos relacionamos y tomamos decisiones. Al mismo tiempo, permanecer en conversación parece especialmente difícil cuando aquello que está en juego toca nuestra identidad, nuestras convicciones o nuestra manera de comprender el mundo.


No creo que el desacuerdo sea el problema. Necesitamos desacuerdo. Una diferencia puede permitir que un grupo vea algo que había dejado de ver. Una crítica puede revelar un costo que nadie estaba considerando. Tampoco creo que la respuesta sea idealizar la comunidad. Las comunidades pueden cuidar y también excluir; pueden producir pertenencia y producir silencios.


Lo que sí me preocupa es que tengamos pocos lugares donde encontrarnos con continuidad, especialmente con personas que no hemos elegido porque piensan como nosotros.


Podemos conversar en segundos con alguien que vive al otro lado del mundo y, al mismo tiempo, desconocer a quien vive a unos metros de nuestra casa. Podemos formar parte de redes extraordinarias de afinidad, conocimiento y colaboración, pero disponer de pocos espacios donde encontrarnos repetidamente con quienes comparten nuestro territorio, nuestras instituciones, nuestros recursos y las consecuencias de nuestras decisiones.


¿Dónde practicamos escuchar a alguien con quien no estamos de acuerdo? ¿Dónde practicamos suspender durante unos minutos la necesidad de tener razón? ¿Dónde aprendemos a reconocer que una experiencia distinta de la nuestra puede contener información que necesitamos? ¿Dónde podemos equivocarnos, revisar una interpretación y regresar a la conversación?


Estas capacidades no se desarrollan solamente comprendiendo que son importantes.


Necesitan práctica.


Comunidades de praxis para la vida compartida

Por eso he empezado a pensar en algo que llamo comunidades de praxis. No utilizo la expresión como sinónimo de “comunidades de práctica”. Me sirve para poner en conversación dos intuiciones que considero especialmente fértiles: que buena parte de nuestro aprendizaje ocurre participando en prácticas compartidas y que reflexión y acción necesitan encontrarse una y otra vez si queremos aprender de la experiencia.4


Una comunidad de praxis puede aparecer en una organización, una escuela, un barrio, un colectivo, una cooperativa o entre personas que cuidan un territorio. No necesita llevar ese nombre. Tampoco necesita compartir una misma visión del mundo. Lo que necesita es suficiente continuidad para que las relaciones y las prácticas puedan hacerse visibles con el tiempo. Algo sucede, intentamos comprenderlo, ensayamos otra posibilidad y nos volvemos a encontrar.


Porque nadie aprende a escuchar solamente leyendo sobre escucha. Podemos comprender intelectualmente qué significa suspender un juicio y descubrir, en una conversación real, que el cuerpo se nos tensa cuando alguien cuestiona una convicción importante. Podemos valorar profundamente la colaboración y reconocer, cuando una decisión nos afecta, cuánto deseamos conservar el control. Podemos hablar de apertura y descubrir la rapidez con la que atribuimos intenciones a alguien que piensa distinto.


La comunidad permite practicar. No una vez, sino repetidamente. Escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta. Preguntar antes de atribuir. Reconocer nuestros patrones. Disentir sin retirar de inmediato la legitimidad de la otra persona. Decir “no sé”. Intentar algo. Equivocarnos. Reparar. Volver.


Reunir personas, sin embargo, no produce automáticamente estas capacidades. Los grupos también construyen jerarquías, hábitos y silencios. Podemos reproducir dentro de una comunidad exactamente las formas de relación que esperábamos revisar.

Por eso necesitamos aprender a cuidar los lugares donde practicamos.


Y ahí aparece la facilitación.


El Viaje de Ego a Eco como laboratorio

Una parte importante de mi propia exploración ha tomado forma a través del Viaje de Ego a Eco, una metodología que fui desarrollando para acompañar procesos colectivos. Surgió a partir de una metáfora sencilla: invitar a las personas a emprender un viaje que no conduce principalmente a lugares externos, sino a paisajes interiores, relacionales y colectivos.


La expresión Ego a Eco no pretende clasificar personas ni describir una escala en la que unas se encuentran más evolucionadas que otras. Nombra tensiones y orientaciones que conviven en todos nosotros. Podemos movernos, según la situación, entre separación e interdependencia, competencia y colaboración, necesidad de control y capacidad de participar con otros. El viaje invita a observar esos movimientos sin convertir uno de sus extremos en una identidad fija.


Con el tiempo ese viaje tomó la forma de un mapa. El mapa ofrecía un lenguaje compartido y ayudaba a construir el contexto de la experiencia. Aparecieron rituales de inicio y cierre, estaciones, preguntas, momentos de escucha, movimiento corporal, reflexión y pequeñas acciones que podían trasladarse a la vida cotidiana y al territorio. Cada encuentro se volvió una oportunidad para detenernos frente a preguntas que nos atraviesan y, al mismo tiempo, observar cómo estábamos aprendiendo a encontrarnos mientras hablábamos de ellas.


Durante un tiempo pensé mucho en el mapa, las estaciones y las prácticas. Después empecé a darme cuenta de que lo más interesante quizá estaba detrás de todo eso.

¿Por qué una pregunta podía abrir algo en un grupo y cerrarlo en otro? ¿Por qué una práctica corporal ayudaba a algunas personas a estar más presentes y exponía innecesariamente a otras? ¿Por qué en ciertos momentos aparecía una escucha distinta? ¿Qué hacía posible sostenerla? ¿Por qué algunas comprensiones lograban trasladarse a la vida cotidiana y otras permanecían dentro de la sesión?


El propio Viaje comenzó a enseñarme los límites del Viaje.


Una metáfora puede orientar, pero no produce aprendizaje por sí misma. Un ritual puede ayudar a marcar un umbral, pero no es apropiado para cualquier contexto. Una conversación puede conmovernos profundamente y no modificar aquello que hacemos después.


Cada vez me interesaban menos las prácticas aisladas y más las condiciones que las hacían posibles.


Seis condiciones, hasta ahora

De esa pregunta han ido emergiendo seis condiciones que hoy orientan nuestro trabajo. Digo hasta ahora deliberadamente. No creo que sean una lista definitiva ni que juntas constituyan una teoría completa de la transformación. Son una síntesis metodológica que seguimos poniendo a prueba y revisando a partir de la investigación y de lo que aprendemos al volver a trabajar con personas y grupos.


La primera es la Legitimación. Antes de pedir a alguien que explore, dialogue o se exponga, necesitamos preguntarnos si puede entrar en el espacio sin abandonar su dignidad, su experiencia o sus límites. Legitimar no significa aprobar cualquier interpretación. Significa reconocer que la persona entra como sujeto y no como material de nuestra intervención. Su experiencia cuenta, pero también importa comprender cuánto podrá influir aquello que aporte. Sabemos, además, que tener formalmente la posibilidad de hablar no significa necesariamente sentirse en condiciones de hacerlo: las relaciones de autoridad, el riesgo anticipado y la expectativa de que alguien escuche y responda forman parte de esa decisión.5


La segunda es el Contenedor. Durante mucho tiempo me resultó natural hablar de crear “espacios seguros”. Hoy esa promesa me parece demasiado grande. Una conversación importante puede contener incomodidad, conflicto e incertidumbre. Lo que sí podemos cuidar es que exista orientación, claridad, elección, límites y capacidad de respuesta. Un Contenedor ayuda a sostener una experiencia difícil sin obligar a las personas a permanecer dentro de ella a cualquier costo.


La tercera es el Desafío. A veces aprender requiere encontrarnos con algo que nuestro marco actual no logra explicar: una experiencia distinta, una consecuencia que no habíamos visto, una distancia entre aquello que decimos valorar y lo que efectivamente hacemos. Desafiar no significa aumentar la intensidad ni empujar a alguien fuera de su comodidad. Significa acercar una contradicción sin convertirla inmediatamente en un veredicto y crear condiciones para poder mirarla.


La cuarta es la Indagación. Cuando una contradicción aparece, podemos defender inmediatamente nuestra interpretación o comenzar a investigarla. ¿Qué estoy viendo? ¿Qué estoy suponiendo? ¿Qué parte de la situación quizá no alcanzo a percibir? ¿Qué otra explicación es posible? Indagar no es renunciar al criterio ni posponer las decisiones indefinidamente. Es aprender a no concluir demasiado pronto.


La quinta es la Re-significación e imaginación. Hay momentos en los que una explicación deja de alcanzar. Entonces necesitamos encontrar otros sentidos y otras posibilidades. La imaginación entra aquí no como fantasía ni como obligación de ser optimistas, sino como la capacidad de percibir algo que todavía no existe. Podemos preguntarnos cómo sería relacionarnos de otra manera, organizar el trabajo de otra manera, tomar una decisión de otra manera. Todavía no sabemos si funcionará, pero podemos empezar a imaginarlo.


La sexta es la Experimentación. Una nueva comprensión necesita encontrarse con la vida. En lugar de convertirla inmediatamente en una gran promesa de cambio, podemos transformarla en un experimento pequeño y relevante. Intentar algo, observar qué sucede, escuchar sus efectos y revisar. La experimentación devuelve humildad a nuestras ideas: aquello que imaginamos sigue siendo una hipótesis hasta que se encuentra con la realidad.


Estas condiciones no forman una secuencia que un grupo deba recorrer correctamente. A veces un Desafío muestra que necesitamos volver a cuidar la Legitimación. Una Experimentación abre preguntas que requieren nueva Indagación. Algo que parecía un Contenedor suficiente puede dejar de serlo cuando cambia el nivel de exposición.


La facilitación ocurre dentro de ese movimiento.


El oficio de cuidar condiciones

Esta manera de mirar ha cambiado también mi comprensión del oficio.

Cada vez me interesa menos imaginar a quien facilita como alguien que conoce el camino y posee una metodología capaz de conducir al grupo hasta un destino. Me interesa más pensar en alguien que aprende a observar, escuchar, formular hipótesis y cuidar condiciones para que las personas puedan encontrarse con una situación, elaborar su experiencia, construir significado y decidir cómo actuar.


Eso requiere intervenir. Hay momentos para hacer una pregunta y momentos para permanecer en silencio. Momentos para cambiar el formato, señalar un patrón, devolver algo que estamos observando o interrumpir una dinámica que está dañando la posibilidad de participar. Hay también momentos para reconocer que nuestra propia urgencia está ocupando demasiado espacio.


Una de las lecciones más difíciles para mí ha sido aceptar que una buena conversación puede no ser suficiente. He salido de sesiones sintiendo que algo importante había ocurrido y he visto después cómo la vida cotidiana absorbía rápidamente los compromisos. No necesariamente porque la conversación hubiera sido falsa, sino porque aquello que apareció dentro de ella no encontró tiempo, apoyo, autoridad o continuidad fuera.


Esto me ha ayudado a poner un límite más claro al oficio. Facilitar no es fabricar transformación. Podemos contribuir a que un grupo observe algo con mayor claridad, escuche conocimientos que antes quedaban fuera, reconozca una tensión o ensaye una manera distinta de relacionarse. Pero una sesión es apenas una parte de una historia que comenzó antes de nuestra llegada y continuará después de que nos vayamos.


Reconocer ese límite no reduce la importancia de la facilitación.

Para mí la vuelve más honesta.


La transición que buscamos necesita ser facilitada

Cuando pienso en las transiciones que tenemos por delante, me cuesta imaginar que puedan sostenerse únicamente mediante nuevas tecnologías, mejores políticas o conocimiento experto, aunque necesitaremos todo ello. También tendremos que aprender a relacionarnos de otras maneras con la diferencia, con el poder, con los territorios, con la incertidumbre y entre nosotros.


Tendremos que colaborar con personas que no elegimos. Aprender en situaciones donde nadie posee toda la información. Escuchar experiencias que contradicen nuestras explicaciones. Tomar decisiones sin poder anticipar completamente sus efectos. Reconocer límites. Reparar errores. Imaginar posibilidades que todavía no sabemos realizar y aprender de lo que sucede cuando intentamos llevarlas a la práctica.


Nada de esto aparece automáticamente porque comprendamos intelectualmente que sería deseable.


Necesita práctica.


Y la práctica necesita lugares donde ocurrir.


Después de años de hacerme estas preguntas, cada vez me resulta más difícil imaginar una transición profunda que no sea, de alguna manera, facilitada. No quiero decir con esto que cada comunidad necesite contratar a una persona facilitadora ni que una nueva profesión deba instalarse en el centro de nuestra vida colectiva. Pienso en algo más amplio: necesitamos desarrollar la capacidad compartida de crear y cuidar lugares donde podamos aprender juntos.


La transición que buscamos necesita ser facilitada.


Quizá la facilitación sea, en este sentido, menos una técnica para conducir reuniones y más una práctica para cuidar la posibilidad de aprender en común.


Volver a lo cercano

Cuando hablamos de transformación, nuestra mirada suele dirigirse rápidamente hacia los grandes sistemas. El clima. La economía. La tecnología. Las instituciones. Es comprensible. La escala de los desafíos que enfrentamos exige respuestas profundas. Pero las capacidades con las que participaremos en esas transformaciones también se forman en espacios mucho más pequeños.


En una mesa.

En una escuela.

En una reunión de trabajo.

En un círculo.

En un barrio.

Entre vecinos que empiezan a conocerse.


Me interesa cada vez más esa escala porque ahí podemos practicar. Podemos intentar escuchar unos minutos más antes de responder. Notar cuándo aparece nuestro juicio y no obedecerlo inmediatamente. Preguntar qué estamos dejando fuera. Reconocer que una experiencia diferente no invalida necesariamente la nuestra. Aprender a disentir sin abandonar la relación. Hacer algo pequeño juntos y regresar después para preguntarnos qué ocurrió.


No parece demasiado.


Quizá muchas de las capacidades que necesitaremos para enfrentar problemas enormes comienzan precisamente de esta manera.


Entre personas.


Las formas de convivencia que necesitamos no aparecerán de un día para otro. Tendrán que ser aprendidas, ensayadas, equivocadas, reparadas y vueltas a intentar.


Tal vez una comunidad de praxis sea justamente eso: un lugar al que regresamos para seguir aprendiendo a vivir juntos.


Y quizá una de las tareas más importantes de la facilitación sea cuidar que esos lugares puedan existir.


Notas y referencias


  1. Aprendizaje transformador. Mezirow propuso que parte del aprendizaje adulto puede implicar la revisión de marcos de referencia desde los cuales interpretamos la experiencia. Su trabajo ofrece un antecedente importante para esta conversación, aunque no implica que toda revisión de significado sea profunda, permanente o producida por una experiencia facilitada. Mezirow, J. (1991). Transformative Dimensions of Adult Learning. Jossey-Bass.

  2. Suspensión y diálogo. Bohm utilizó la noción de suspensión para explorar la posibilidad de observar supuestos, impulsos y juicios mientras participan en una conversación, en lugar de actuar automáticamente desde ellos. Se utiliza aquí como una referencia para pensar la práctica de atención, no como una técnica universal ni como garantía de diálogo. Bohm, D. (1996). On Dialogue. Routledge.

  3. Aprendizaje situado. Lave y Wenger cuestionaron la idea de aprender como una adquisición separada de las actividades y comunidades donde el conocimiento se utiliza. Su propuesta ayuda a pensar las capacidades como situadas, aunque las ocho ecologías constituyen una síntesis propia de Imaginación Colectiva y no derivan directamente de su teoría. Lave, J., & Wenger, E. (1991). Situated Learning: Legitimate Peripheral Participation. Cambridge University Press; Wenger, E. (1998). Communities of Practice: Learning, Meaning, and Identity. Cambridge University Press.

  4. Comunidades de praxis. La expresión se utiliza aquí como una propuesta de Imaginación Colectiva, en diálogo con las comunidades de práctica de Lave y Wenger y con la comprensión freireana de la praxis como relación entre reflexión y acción. No se pretende presentar estas tradiciones como equivalentes ni atribuirles el concepto propuesto en este artículo. Freire, P. (1970). Pedagogy of the Oppressed. Continuum; Lave & Wenger (1991); Wenger (1998).

  5. Voz y silencio. La investigación organizacional muestra que hablar, plantear preocupaciones o permanecer en silencio depende de algo más que la disposición individual. Intervienen las relaciones de autoridad, los riesgos percibidos y las expectativas acerca de cómo será recibida una aportación. Estos hallazgos informan la reflexión sobre Legitimación, pero no validan por sí mismos la condición propuesta por Imaginación Colectiva. Morrison, E. W. (2014). “Employee Voice and Silence”. Annual Review of Organizational Psychology and Organizational Behavior, 1, 173–197.

 
 
 

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