top of page

Una invitación abierta a explorar una pregunta que lleva tres años transformando mi vida

Hace unos días terminé un curso sobre fondeo para organizaciones sociales. Sabía que iba a aprender a cómo conseguir recursos. Lo que no imaginaba era que terminaría encontrando las palabras para explicar una pregunta que lleva tres años transformando mi vida.


Durante mucho tiempo sentí que estaba construyendo un proyecto. Hoy creo que, en realidad, estaba aprendiendo a formular una pregunta.


Hace siete años vivía completamente inmerso en la cultura moderna. Corría de un lado a otro, pasaba horas frente a pantallas, reaccionaba más de lo que reflexionaba y, sin darme cuenta, había normalizado una forma de vivir profundamente desconectada.


Estaba desconectado de mi cuerpo, de la naturaleza, de mi atención, de mi comunidad e incluso de mí mismo.

No sucedió de un día para otro. Fue un proceso lento y profundo de transformación y reimaginación. Poco a poco empecé a recordar algo que, en el fondo, siempre había sabido: que no estoy separado de la vida.


Que soy naturaleza.

Que respiro el mismo aire que todas las personas, que dependo de la misma agua, que habito el mismo planeta y que mi bienestar está profundamente entrelazado con el bienestar de los demás.



Mi experiencia fue que, cuando comenzó a transformarse la forma en que me relacionaba conmigo mismo, también empezó a transformarse la manera en que veía a las demás personas, a mi comunidad y al territorio que habitaba.


Fue entonces cuando empecé a sospechar que el verdadero desafío de nuestro tiempo no es únicamente ecológico.

Es también profundamente relacional.


Porque empecé a notar algo que cambió mi forma de mirar el mundo. Antes veía la realidad como un conjunto de piezas separadas. Hoy la percibo como una red de relaciones.


La biología existe gracias a relaciones. Los ecosistemas existen gracias a relaciones. Las comunidades existen gracias a relaciones. La confianza existe gracias a relaciones. Incluso aquello que llamamos identidad se construye en relación con otras personas y con el mundo que habitamos.


Y entonces apareció una pregunta que ya no me ha abandonado:


¿Qué pasaría si la gran crisis de nuestro tiempo no fuera únicamente ecológica, económica o política, sino también una profunda crisis de nuestras relaciones?


No creo que esta pregunta sustituya a las demás. Al contrario. Creo que puede ayudarnos a mirar un punto ciego que pocas veces ponemos en el centro de la conversación.


Durante décadas hemos aprendido a comprender mejor las distintas dimensiones de la crisis planetaria. Sabemos mucho más sobre cambio climático, biodiversidad, contaminación o degradación de los ecosistemas que hace apenas unas décadas. Ese conocimiento es indispensable.


Pero, al mismo tiempo, vivimos una paradoja. Habitamos una época de hiperconectividad digital que convive con niveles crecientes de aislamiento, polarización, desconfianza y soledad. Las tecnologías nos permiten comunicarnos permanentemente, pero eso no significa que estemos aprendiendo a dialogar mejor. Tenemos acceso a más información que nunca, pero eso no implica que comprendamos mejor a quienes piensan distinto.


Poco a poco empecé a preguntarme si la cultura contemporánea, sin proponérselo necesariamente, también ha ido erosionando algunas capacidades profundamente humanas.



La escuela nos enseñó, muchas veces, a memorizar más que a imaginar. A responder más que a preguntar. A competir más que a colaborar.


Las redes sociales favorecen la reacción inmediata mucho más que la escucha profunda. Los algoritmos suelen reforzar nuestras propias certezas antes que exponernos con cuidado a perspectivas diferentes. La economía recompensa con frecuencia la competencia mucho más que la colaboración y la construcción paciente de confianza.


No creo que hayamos perdido nuestra capacidad de imaginar, dialogar o colaborar. Creo que son capacidades que hemos dejado de practicar lo suficiente. Y, como cualquier capacidad humana, cuando deja de cultivarse, comienza a debilitarse.


Durante tres años pensé que estaba diseñando una metodología. Hoy creo que, en realidad, estaba intentando comprender cuáles son las condiciones que permiten a una comunidad volver a imaginar, dialogar y colaborar cuando esas capacidades han sido profundamente erosionadas.


Después de estos años de práctica, investigación y facilitación he llegado a una hipótesis que deseo seguir explorando junto con otras personas.


No es una certeza. Es una invitación a investigar.


Mi hipótesis es que la imaginación colectiva, el diálogo generativo y la colaboración consciente constituyen un conjunto mínimo de capacidades que vale la pena cultivar si queremos aumentar nuestra capacidad colectiva para enfrentar problemas complejos.


A este conjunto de capacidades lo llamo el Trípode Humano.


No porque explique por sí solo la transformación social, sino porque sospecho que representa una base mínima desde la cual esa transformación puede comenzar a emerger.


Con el tiempo también comprendí que cultivar estas capacidades implica recorrer un camino.


A ese camino decidí llamarlo el Viaje de Ego a Eco.


Está guiado por tres movimientos profundamente sencillos y, al mismo tiempo, profundamente transformadores.


Recordar. Frente al olvido.

Recordar que somos naturaleza. Recordar nuestra interdependencia con toda la vida. Recordar que nuestra existencia depende de una red inmensa de relaciones que nos sostiene.


Reconocer. Frente a la negación.

Reconocer nuestra responsabilidad con las generaciones futuras, con la biodiversidad y con el territorio que habitamos.

Pero también reconocer nuestras propias suposiciones, marcos mentales y desconexiones: con nosotros mismos, con otras personas y con el mundo vivo.


Reconectar. Frente a la fragmentación.

Reconectar con nosotros mismos, con la naturaleza, con nuestras comunidades y con la posibilidad de construir futuros compartidos.



La bioregión como laboratorio vivo


Con esa intención nació el proyecto de Imaginación Colectiva.

Lo que comenzó como una búsqueda profundamente personal empezó, poco a poco, a convertirse en una práctica compartida.


Elegimos comenzar este camino en la bioregión Xalapa–Coatepec–Xico–Teocelo, una región extraordinariamente biodiversa, donde conviven bosques de niebla, ríos, cafetales, comunidades campesinas, universidades, organizaciones sociales, empresas y personas profundamente comprometidas con el territorio.


No porque pensemos que aquí están todas las respuestas. Sino porque creemos que las respuestas siempre nacen en lugares concretos. Las transiciones no ocurren en abstracto. Ocurren en territorios, entre personas que comparten agua, montañas, historias, alimentos y un futuro común.


Esta bioregión puede convertirse en un laboratorio vivo para explorar una pregunta que probablemente trasciende sus propias fronteras:


¿Cómo podemos recuperar las capacidades humanas necesarias para colaborar frente a los desafíos complejos de nuestro tiempo?


Hacia una nueva infraestructura sociocultural


Nuestro siguiente paso es continuar facilitando Comunidades de Práctica en la bioregión. Durante el primer año buscamos consolidar seis comunidades donde esta hipótesis pueda seguir poniéndose en práctica, aprendiendo de la experiencia y evolucionando junto con quienes decidan caminarla.


Pero, en realidad, el sueño es todavía más grande. No soñamos únicamente con facilitar talleres.


Soñamos con contribuir a construir una verdadera infraestructura sociocultural para nuestra bioregión.

Porque así como un bosque necesita suelo fértil para regenerarse, una comunidad necesita relaciones fértiles para imaginar su futuro.


Pero también necesita espacios donde esas relaciones puedan emerger. Porque toda relación ocurre en algún lugar.


Siempre estamos habitando un espacio, y el espacio que habitamos influye profundamente en la calidad de nuestras conversaciones, en nuestra capacidad para confiar y en aquello que somos capaces de imaginar juntos.


Durante mucho tiempo hemos diseñado espacios alrededor de la lógica de la transacción: lugares donde las personas se encuentran porque necesitan comprar, vender, producir o intercambiar algo.


Pero quizá necesitamos recuperar otro tipo de espacios. 


Espacios donde el principal valor no sea la transacción, sino la relación.

Lugares cuyo propósito no sea producir consumo, sino producir confianza.


Espacios donde encontrarnos no porque tengamos que obtener algo a cambio, sino porque reconocemos que el encuentro mismo es una necesidad humana fundamental.


Por eso soñamos con una nueva generación de terceros espacios: lugares diseñados conscientemente para cultivar relaciones.

Un lugar donde una agricultora pueda conversar con una investigadora.

Donde un empresario pueda imaginar nuevas economías junto a un artista.

Donde una comunidad pueda deliberar sobre el futuro de su territorio.

Donde organizaciones que trabajan en paralelo puedan descubrir que comparten preguntas, desafíos y sueños comunes.

Donde alguien pueda simplemente pasar a tomar un café o comer algo y saber que probablemente encontrará personas con quienes conversar sobre la vida, sobre el territorio y sobre el futuro.



No porque el espacio tenga una agenda económica que cumplir, sino porque su diseño y propósito fundamental es fortalecer los vínculos que hacen posible una sociedad más colaborativa.


Un espacio cuyo mayor resultado no sea una transacción realizada, sino una relación cultivada.


Hoy estamos dando un paso importante. Estamos conformando la asociación civil y comenzando a tejer colaboraciones con personas y organizaciones que comparten una inquietud semejante.


Una de ellas es EcoDiálogo de la Universidad Veracruzana, con quienes está emergiendo una colaboración que nos entusiasma profundamente por la afinidad de nuestros propósitos.


Buscamos microgrants que nos permitan continuar este proceso, seguir facilitando Comunidades de Práctica y continuar explorando esta hipótesis junto con nuestra bioregión.


No escribo esta invitación porque crea haber encontrado respuestas definitivas.


La escribo porque, después de tres años de práctica, investigación y facilitación, siento que finalmente aprendí a formular con claridad la pregunta que quiero dedicar los próximos años de mi vida a explorar.


Y sospecho que esta pregunta es demasiado grande para caminarla solo.


Porque quizá el desafío más importante de nuestro tiempo no es únicamente aprender nuevas tecnologías, diseñar mejores políticas o encontrar soluciones más eficientes.


Quizá también necesitamos recuperar nuestra capacidad de estar juntos.


De escucharnos.

De imaginar más allá de los límites que hemos heredado.

De recordar que, antes de ser consumidores, profesionales, organizaciones o individuos aislados, somos seres humanos profundamente interdependientes.


Somos parte de una trama de relaciones que nos sostiene.


Si esta reflexión resuena contigo, si formas parte de una organización, una fundación, una universidad, una empresa, un colectivo o simplemente eres una persona que también se hace preguntas parecidas, me encantaría conversar.


No únicamente para hablar de financiamiento.


Sobre todo para pensar juntos.

Para poner esta hipótesis a prueba.

Para aprender.

Para equivocarnos.

Para seguir imaginando.


Porque creo que las sociedades no cambian únicamente porque existan organizaciones extraordinarias.


Cambian cuando existen lugares donde personas y organizaciones ordinarias comienzan a encontrarse, a reconocerse y a descubrir que comparten un futuro común.


Quizá la regeneración de nuestros territorios comienza con algo aparentemente sencillo, pero profundamente transformador:


volver a encontrarnos.

Volver a pertenecer.

Volver a recordar que nunca estuvimos separados.


Porque los futuros regenerativos necesitan relaciones regenerativas.

Y las relaciones regenerativas necesitan espacios donde puedan emerger.


 
 
 

Comentarios


bottom of page